Vietnam III: Humildad en la escasez

El río que los vietnamitas llaman Mekong es el más importante de Indochina. La belleza de sus paisajes esconde una terrible realidad que da un nuevo enfoque a la palabra Humildad.

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El delta del Mekong es una cita imprescindible para todo aquel que va a Vietnam. Está al sur del país, cerca de Saigón y hay multitud de excursiones para visitarlo.

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Al llegar, la primera impresión es de horizontes interminables, vegetación exótica, especialmente para los que vivimos en los bosques de asfalto. Sin duda alguna este debe ser un lugar con generosos árboles frutales, con inmensas producciones de arroz, con todo tipo de alimentos exóticos: un vergel de producción inacabable

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Nada más lejos de la realidad.

Los increíbles paisajes esconden un gran drama. Las aguas ricas en nutrientes que bajan por el río, al llegar al delta se mezclan con el agua salada del Mar del Este (que otros llaman Mar del Sur de China). La alta salinidad hace que las aguas no sean útiles para el riego. Esta agua no es una fuente de vida y los habitantes son de los más pobres de Vietnam.

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Allá donde se puede ver un poblado las casas son viejas, construidas precariamente con materiales baratos, golpeadas incesantemente por los elementos. Como puedes ver en la foto, apenas tienen los elementos más imprescindibles.

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La única fuente de subsistencia es la pesca, que llevada a cabo de forma casi artesanal produce ingresos que apenas si permiten la subsistencia.

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Aquí tienes a Trang (pronunciado Chang), la mujer que nos llevó en su pequeña embarcación por la parte más retorcida de los canales de nuevo a nuestra barca de turistas.

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Por llevar a turistas por estas aguas que se conoce como la palma de su mano cobra mensualmente el equivalente a 20 euros. El dinero que vale la cámara con la que tomé esta foto alimentaría a su familia durante un año. Y la mía era de las más baratas. Las cámaras y teléfonos y otros aparatos que llevábamos entre todos los turistas podrían alimentar a toda la familia por el resto de sus vidas. Su historia de sufrimiento, tenacidad y humildad nos encogió el corazón. Todos le dimos una pequeña propina. Para nosotros no era un gran esfuerzo, pero para ella significaba comida para unos cuantos días.

En el barco turístico que nos paseó por el delta había unos recién casados. Él un hombre de negocios sur coreano, muy risueño y generoso. Ella una vietnamita local. Llevaban a una traductora, ya que la novia sólo hablaba vietnamita y él todavía no lo había aprendido. Aunque estás cosas están prohibidas, la única explicación para semejante situación es que el hombre de negocios le hubiera entregado una generosa suma a la familia a cambio de casarse con su hija. Para ellos, significaban fondos para subsistir durante muchos años. Para ella, el pasaporte de salida de un lugar sin futuro. Ella parecía nerviosa, dubitativa al hablar o al mostrar emociones, pero se la veía feliz. La felicidad puede tener muy distintas definiciones.

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Esto es lo que pensábamos al despedirnos de estos magníficos paisajes dirigiéndonos de vuelta a nuestra confortable vida, sabiendo que cuando fuéramos a uno de esos restaurantes de platos grandes proporcionales al precio, ya no sería lo mismo.

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