Vietnam I: El milagro de Singapur

De camino a Vietnam decidí detenerme unos días en Singapur, el centro financiero y de negocios del Sur-Este asiático, el lugar al que todos los banqueros de la City han considerado más o menos seriamente mudarse en algún momento. ¿Qué tiene Singapur que todo el mundo habla de ella?

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La primera sensación que da Singapur con su bahía repleta de rascacielos, con todas las entidades financieras que puedas imaginar, con paisaje hecho con tiralíneas, es que es Canary Wharf (la nueva zona de la City de Londres) a lo grande. Singapur es como poner Londres en un lugar con buen tiempo y buena comida, porque además todo el mundo habla inglés.

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Además de las aristas cortantes de la modernidad también hay lugar en Singapur para su legado colonial.

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Singapur nunca fue una gran colonia, más bien un pequeño reducto inglés, y la verdad es que a excepción de un par de edificios y el puente, los amantes de la Historia tienen poco que hacer.

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La ciudad es una mezcla cultural entre expatriados de todo el mundo, chinos que son los que parecen manejar el cotarro, indios que viene a hacer negocios y Malayos que son los vecinos y la principal fuerza laboral. Adentrándonos en el interior de la ciudad encontramos calles con algo menos de diseño y algo más de personalidad.

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Eso si, siempre a la vista de los omnipresentes rascacielos porque, en algún lugar hay que meter a tanta gente que quiere venirse a Singapur.

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Aún en las partes más asiáticas, hay una sensación de orden, de limpieza, de civismo. Nada de lo que cabría esperar en una ciudad asiática. A veces da la sensación de estar andando por alguna población suiza. Y es que en Singapur todo está prohibido. Es una broma recurrente entre los locales el hacer burla de las innumerables prohibiciones: no tirar basura, no cruzar la calle por el lugar equivocado, no dar comida a las palomas, no subirse a las barandillas, no comer durians (una fruta con un olor especialmente intenso).

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En el metro hay incluso normas sobre cómo esperar el tren, para permitir a los viajeros salir primero. No como en Londres que cuando se abren las puertas empieza una melé de rugby, los de dentro para salir, los de fuera para entrar antes que ellos salgan.

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A pesar de eso no hay policía en las calles. La única vez que vi agentes de policía fue en el vestíbulo del metro, tres de ellos charlando como si lo de hacer de policías no fuera con ellos. Me pregunto cómo lo harán para conseguir ese nivel de civismo.

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Otra cosa que es difícil de comprender es cómo puede el Estado pagar tanta infrastructura.  Aquí parece que saben mucho de economía. Pongamos por ejemplo esta lista de precios del autobús. Si vas en autobús con aire acondicionado pagas más. Tiene sentido, ¿no es cierto? Singapur es también el primer lugar donde he visto dos precios distintos para refresco con o sin hielo. ¿Cual es el más caro? El que no lleva hielo. Porque no cobran por demanda (aprovechándose de la necesidad de la gente) sino por el coste del material vendido. Mucho más justo.

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Acertado también es el sistema económico.  El impuesto sobre la renta es extremadamente bajo, así que casi todo lo que ganas te va a tu bolsillo. El gobierno se asegura de que haya un excelente servicio de transporte público y un mercado desarrollado de alquiler. Así que el que quiera comprar piso o coche, que pague por lo que es, un lujo. Ese sistema ventajoso de impuestos atrae negocio y trabajadores, lo que aumenta la recaudación a pesar de los tipos bajos.

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¿Un milagro? La verdad es que tiene truco.

Singapur es una ciudad Estado. Todo lo que recauda se queda en Singapur. No tiene un país entero en el que redistribuir su riqueza. Por eso se puede permitir impuestos bajos. Es un poco de competencia desleal respecto a los otros países como UK en el que Londres tiene que pagar impuestos que acaban en Gales. Además, ni siquiera es un sistema sostenible, ya que teniendo unos recursos y espacio limitado significa que no pueden seguir creciendo infinitamente. Tarde o temprano llegarán al límite de población, tendrán que empezar a subir impuestos y el milagro se desvanecerá. Por eso están construyendo rascacielos de viviendas a ritmo desesperado.

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Y así es como se explica el milagro de Singapur. Bueno, excepto lo del civismo de la gente, que sigue siendo un misterio.

Aquí puedes ver la introducción al viaje con todos los artículos publicados: Vietnam, el viaje místico.

O ves directamente al siguiente artículo: Saigón, irse a la Cochinchina.

 

Vietnam, el viaje místico

Es habitual entre los londinenses irse de Londres por un breve tiempo a fin de huir de la hiperconectividad, del estrés, de las deadlines. El objetivo es re-encontrarse con uno mismo, alejado de las exigencias del día a día. Siguiendo este ejemplo, y tras el éxito del “retiro temporal“, decidí hacer un break para meditar y encontrar nuevas energías.

El destino elegido fue Vietnam. En primer lugar porque siendo parte del lejano Oriente y uno de los lugares donde el budismo es parte de la cultura, podría descubrir en primera persona esa religión que tanta gente en la City admira. La segunda razón era escapar de un mundo desarrollado que parece haber entrado en una crisis permanente y visitar un lugar joven, lleno de vida, de ilusión, donde todo está por hacer.

En vez de sentirme renovado espiritualmente por la meditación, al volver tuve una sensación extraña. A pesar que quise contar mis experiencias aquí, por una razón o por otra la publicación se fue retrasando. Finalmente me di cuenta que mi viaje no había terminado, que debía volver para completar mi meditación. Ahora cuando hace unos días que he vuelto entiendo todos mis aprendizajes, y estoy en condiciones de contarlos.

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Vietnam, el viaje místico” es una historia de descubrimiento espiritual, un volver a lo más básico. Redescubrir los sentimientos originales a través de las ciudades vietnamitas y sus gentes. Esto es lo que cuento en los artículos siguientes. Los ya publicados aparecen enlazados. Los que van a venir con la fecha de publicación.

Amsterdam: el holandés tranquilo

Holanda es uno de los países europeos más prósperos. Yo esperaba encontrarlos a todos trabajando día y noche, corriendo de un lado para otro. Nada más lejos de la realidad.

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Siguiendo con mi falta de planificación me planté en la ciudad sin un triste mapa que me pudiera decir a dónde iba. Compré uno en un kiosco y pagué probablemente más de lo que debía. Pero gracias a él pude ver que mientras andaba sin rumbo había descubierto el barrio de Jordaan, un barrio con aires bohemios que me recordaba muchísimo a Shoreditch en Londres, incluidos restaurantes “cool” y almacenes reconvertidos en viviendas.

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El plano mostraba los canales rodeando la zona central de la ciudad. El agua estaba presente en todas partes, algo que ya esperaba debido a su fama. Lo que no esperaba era la sensación de relajación. Esto es una ciudad del Norte de Europa, pero la gente no parecía estar constantemente ocupada. Al contrario, parecía que no les costaba encontrar una razón para disfrutar de un momento de relajación en solitario, en compañía de un buen libro.

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Y qué decir de los bares en la calle. En cada rincón aparecían un puñado de sillas con sus respectivas mesas y un montón de holandeses charlando, riendo, pasándolo bien y disfrutando del placer de pasar el rato. De hecho ni siquiera hacía falta estar en un bar. Cualquier silla era suficiente.

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Quizás es que el sol inusual había inyectado una dosis de tranquilidad a aquellas gentes, o quizás eran los canales de aguas tranquilas flanqueados por largas filas de árboles verdes. Lo que era indudable es que si tuviera que decir una sola cosa de Amsterdam, destacaría la tranquilidad que se vive en la ciudad.

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Inlcuso en los restaurantes, la sensación de que no había prisa parecía impregnarlo todo. Una de las noches me senté junto a dos señoras españolas. Mientras esperaban el sorbete que habían pedido de postre una de ellas no pudo evitar decir “Pues si que tardan en traer la comida aquí”, a lo que la otra le responde “es que deben estar picando el hielo”. Y para que los españoles creamos que el servicio es demasiado lento…

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Lo que no es lento en absoluto son las bicicletas. Las hay a cientos. Que digo, ¡a miles! En todas partes, de todos los colores y van a velocidades imposibles. Los coches no son una molestia ya que circulan muy lentamente, pero las bicicletas salen de cualquier esquina como si les fuera la vida pasar antes de que puedas cruzar la calle.

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Puesto que estaba dispuesto a hacer todo lo que hace un buen turista también me pasee por el centro, con sus callejuelas angostas. Me pareció curioso el extraño olor que emanaba de algunos locales, un olor que sólo podría describir como embriagador. También fuimos a visitar el famoso barrio rojo, famoso porque tiene un montón de tiendecitas con luces rojas, de ahí su nombre.

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En resumen, una ciudad tranquila, sin prisas, disfrutando de los pequeños momentos. ¿Quizás demasiado tranquila para el ritmo de vida del habitante de la City? Sin duda, un destino perfecto para un “City Break”.

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Trekking por los Alpes (y IV)

El último día de nuestro viaje iba a ser relajado, un premio al titánico esfuerzo de los dos días anteriores. El plan era subir a l’Agulle du Midi, a 3,840 metros de altura, una altura considerable para un servidor, que vive en Londres.

Si no has leído los anteriores episodios, puedes empezar por el primero aquí

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Podríamos haber subido a pie, como en días anteriores, pero hay una diferencia entre valentía y locura, exactamente 2.800 metros de ascensión. Así que nos lo tomamos con calma y subimos en el teleférico como los otros turistas.

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Subir a l’Agulle du Midi significa subir al punto más cercano al Mont Blanc, la montaña más alta de Europa. Y significa estar a 3.840m de altura. Si las vistas los dias anteriores habían sido espectaculares, esta vez nos dejaban sin palabras. Y es que en los Alpes todo es grande. Viniendo de Inglaterra, donde le llaman montaña a una elevación de 300 metros (hasta el rascacielos Shard puede ser considerado una montaña, con sus 310 metros) esto estaba completamente a otro nivel.

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En los Alpes todo es grande. Aquí las montañas son monumentales, los valles profundos, las rocas puntiagudas, peladas, sin vegetación. No es el idílico paisaje de la campiña inglesa.

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Algo me sorprendió al subir en el teleférico: junto a todos los turistas que subíamos cámara en mano (el teleférico en el que subimos estaba lleno de abuelitos cada uno de ellos con su cámara miniaturizada) había gente con cascos, cuerdas, piolets. Tenían el perfecto aspecto del alpinista. Y nunca mejor dicho, porque l’Agulle du Midi es el punto de salida para escalar el Mont Blanc.

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Gracias a las sabias explicaciones de nuestro navegador pude saber que llegan allí para descender hasta el “Mer de Glaç”, una planicie completamente cubierta de nieve en la que acampan durante la noche. De madrugada, cuando todavía no despunta el sol y la nieve está en perfectas condiciones para la escalada se preparan para la salida. En las fotografías que ves encima y debajo de este post puedes apreciar las pequeñas tiendas en el medio de la nada, y las finísimas líneas que delatan los pasos de los escaladores, unas líneas que se pueden seguir con la vista hasta lo alto del Mont Blanc. Una hazaña sólo comparable al Ultra Trail del que te hablaba en la última entrega.

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De nuevo quedamos impresionados con la capacidad de sufrimiento para conseguir las metas, con el minúsculo tamaño que los humanos tenemos en estos grandes escenarios, algo que a menudo olvidamos en la City donde todo son suaves laderas cubiertas de hierba y no hay nada que nos recuerde nuestra insignificancia comparada con el impresionante espectáculo de la Naturaleza.

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Con una nueva lección aprendida volvimos a montarnos en el teleférico para volver a Chamonix y prepararnos para la vuelta a Londres, inspirados por el dolor, el sufrimiento y la superación que habíamos visto y que habíamos vivido en nuestras carnes. Listos para un nuevo reto.

Este es el último episodio de la serie “Trekking por los Alpes“. Puedes ver la introducción aquí

Trekking por los Alpes (III): El sufrimiento es la clave del éxito

Tras la odisea del día anterior, el segundo día de trekking se presentaba plácido: teníamos nuestras mochilas, estábamos curtidos, y las vistas en la ruta iban a ser de las que no se olvidan. Nada podía salir mal.

Si no has leído las dos entregas anteriores y quieres entrar en la historia por orden, ves al artículo introductorio de Trekking por los Alpes.

Nos levantamos pronto para tomar un desayuno ligero y rápido con zumo de naranja, café, té, cereales, tostadas, mantequilla, mermelada, miel, pastelería y huevos revueltos. Algo simple para empezar el día. Preparamos todo el material necesario para el trekking y nos lanzamos al camino. La ruta empezaba al pie del hotel, a las afueras de Chamonix. En ascenso continuo llegaríamos desde la base de esta montaña hasta lo más alto, el teleférico que se avista en la punta superior derecha, un ascenso de 1,200m.

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Chamonix quedaría a nuestros pies, en un valle formado por la montaña a la que íbamos a subir y el mazizo del Mont Blanc, que desde el valle, y sin poder ver la cima, ya se mostraba impresionante.

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Empezamos la subida entre vegetación abundante y árboles frondosos. Cuando las ramas lo permitían veíamos los impresionantes glaciares al otro lado del valle crecer en estatura.

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Poco a poco la vegetación empezó a cambiar y nos dimos cuenta que ya estábamos a una altura considerable. Nuestro paso era constante pero no demasiado rápido: tras los esfuerzos del día anterior y los constantes desniveles habíamos decidido disfrutar del paisaje.

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Nuestro objetivo estaba a la vista, el primer descanso del día en el refugio de montaña de Bel Lachat, tras la cumbre al extremo derecho de la fotografía, donde podríamos reponer fuerzas y disfrutar de las vistas.

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Al llegar las vistas no decepcionaron. Probablemente uno de los paisajes más impresionantes que he visto. Aprovechamos para sacar algunas fotos y descansar. El tramo que quedaba era prácticamente plano y el teleférico cerraba en dos horas y media, tiempo de sobras para llegar. Charlando con la gente en el refugio nos enteramos que de hecho el teleférico cerraba en una hora. Teníamos posibilidades de llegar, pero no muchas (dijeron después de echar un vistazo a nuestra impecable efigie de gente de ciudad disfrazados de montañistas).

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Una vez más nuestro paseo se había convertido en una carrera contra el reloj. Una vez más mirábamos al horizonte con pocas esperanzas y con gran cansancio. Esta es la grandeza del montañismo, es la grandeza del espíritu ganador. El sufrimiento es parte de la victoria, y no hay victoria sin sufrimiento. Nuestros cuerpos empezaban a acusar el cansancio que en algunos momentos era dolor. Pero no nos íbamos a dar por vencidos. No llegar al teleférico simplemente no era una opción. Cargamos la mochila a la espalda, bebimos un último trago de nuestro tubito conectado a la bolsa de agua en la mochila y salimos adelante, la mirada fija adelante, el paso obstinado y firme.

El camino que se suponía plano y sin problemas resultó ser pedregoso, sin apenas lugares planos donde pisar, y con constantes altibajos. Tras pasar sobre una pequeña cumbre y una bajada bastante pronunciada vimos a lo lejos la cima sobre la que se agarraba el teleférico, en el medio de un paisaje despojado de toda vegetación a expcepción de pequeños brotes de hierba. Y la distancia pareció insuperable.

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A estas alturas del camino el dolor no era más que un recuerdo, una memoria del refugio que ahora parecía perderse en un tiempo borroso. Alentados por la inquietante belleza del paisaje rocoso, desolado, pensando en el siguiente paso de un camino que se hacía cada vez más difícil, la palabra fracaso no era parte de nuestro vocabulario, especialmente porque no teníamos ninguna intención de bajar a pié.

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Finalmente lo logramos, llegamos al punto más elevado de nuestro camino, a 2,200m de altura, en un privilegiado balcón sobre Chamonix y tan cerca del Mont Blanc que creíamos poder tocarlo.

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Pero al llegar a la base, cansados, doloridos, vimos la llegada en Chamonix del Ultra-Trail de Mont Blanc, una locura de carrera alpina de 166km y más de 9,500m de desnivel que el ganador hizo en el estúpido tiempo de 20 horas. Otros superaron las 40 horas sin descanso cruzando cumbres de más de 2,500m. La carrera empezó el Viernes por la tarde bajo un intenso aguacero que siguió toda la noche. Esa fue la noche que llegamos y los vimos correr mientra nos preocupábamos por nuestras mochilas. Cuando llegamos a Chamonix tras dos noches de hotel, desayuno y cena muchos de ellos llegaban también, tras haber sufrido lluvia, sol de justicia, temperaturas bajo cero, barro, rocas, comida en forma de barritas energéticas y otras inclemencias. Ellos daban un nuevo sentido a la palabra “sufrimiento”.

Ultra-Trail I

Ultra Trail II

Ultra Trail III

Aquí acabaron nuestros dos días de trekking. El día siguiente iba a ser de merecido descanso. Léelo aquí.

 

Trekking por los Alpes II: Let’s do this!

Sonó el despertador. El viaje estaba siendo muchísimo más duro de lo que yo habia imaginado, y ni siquiera había puesto un pié en el camino. En aquellos momentos yo no sabía que lo que sucedería durante el día llevaría mi resistencia y mi capacidad de asombro a límites insospechados.

Si no lo has hecho ya, lee el primer episodio del relato antes de seguir adelante.

Me levanté a duras penas para ir a ducharme. No tenía ni siquiera ropa limpia para ponerme. Entré en el cuarto de baño soñoliento y malhumorado, pensando qué era lo siguiente que iba a ocurrir en este viaje. Habíamos llegado tarde, de noche, con lluvia, sin equipaje (que por obra y gracia de la aerolínea se había quedado en Londres), y no sabía ni dónde estaba el hotel en el que había dormido. Por curiosidad abrí la ventana del baño y lo que vi me dejó sin aliento.

Morning

Como si un arrebato de determinación me la hubiese arrancado de dentro me vino a la mente la expresión “Let’s do this”. Significa “hagámoslo” o “a por ello”, y es una expresión típica de la City, de su carácter ganador, de la gente que se crece ante las adversidades. Bajar al restaurante y tomar un desayuno con pan de verdad, crujiente, mermeladas caseras, leche alpina confirmó que la suerte estaba de mi lado.

Terminamos el desayuno y nos dirigimos a la única tienda del pueblo que vendía material de montaña. Compramos lo mínimo necesario ya que en principio las mochilas deberían estar esperándonos al final del trayecto y nos dirigimos al punto de partida en Les Contamines, a 1.200m de altura. El trayecto iba a ser de unos 14 kilómetros y en su punto más alto llegaríamos a los 2.120m. Antes de empezar encontramos un grupo de Sur Africanos. Nos preguntaron qué ruta íbamos a hacer. Al saberlo se llevaron las manos a la cabeza. Nos dijeron que ellos lo habían hecho en el sentido contrario y que tuvieron que parar en un refugio a medio camino porque no la podían hacer en un día. Decían que era mucho más dura de lo que decía la guia, y nosotros acumulábamos ya dos horas de retraso por culpa de las compras.

Consideramos optar por una ruta más fácil, sin tantos desniveles, pero la expresión que ya parecía ser parte del viaje volvió a aparecer: “Let’s do it”. Sin pensarlo miramos hacia el camino y nos lanzamos al trekking. Íbamos a hacerlo pasara lo que pasara.

The road

Las primeras horas de ruta pasaron sin novedad, entre vegetación alpina y unas vistas que a medida que subíamos se hacían más impresionantes. El ánimo era bueno y las piernas respondían bien a pesar de la pronunciada cuesta y los abundantes obstáculos.

Above the trees

Mont Geroux

Llegamos al primer objetivo del camino, “les Chalets de Truc” a 1.740m de altura. Con cierto aire de victoria observamos el paisaje y a lo lejos vimos el “Col de Tricot”, el punto más alto del día. Ante nosotros teníamos un descenso de 170m y un ascenso de 550m casi vertical.

Col de Tricot I

Col de Tricot II

Chalets de Miage I

Llegar a lo más profundo del valle hizo parecer la tarea todavía mucho más difícil. Pero allá nos lanzamos sin desfallecer, inspirando el limpio aire alpino y con la mirada fijada en el objetivo.

Col de Tricot III

Col de Tricot V

¿He dicho la mirada fija en el objetivo? Bueno, también había tiempo para admirar el paisaje.

Le Bederette I

In the clouds

Milk!

Llegar a los 2.120m nos dejó impresionados con las vistas. Habíamos llegado al reino de las aves, y decidimos parar para comer.

Chalets de Miage II

Where only birds dare

Al reinicio, desastre. Bajando por una vertiente rocosa puse el pié en una superficie resbaladiza y caí hacia atrás. Instintivamente puse las manos en el suelo para evitar el impacto donde la espalda pierde su casto nombre con el resultado de una escalofriante herida en mi mano derecha. Aquí puedes ver la impactante fotografía.

Escalofriante herida

Pensé que para mi el viaje había terminado, que debería ser recogido en helicóptero y llevado con urgencia al hospital más próximo para ser tratado. Pero nuestro navegante, experto montañés, sacó rapidamente un botiquín de primeros auxilios, con temple de acero limpió la herida y aplicó una tirita. Todavía sobrecogido por el impacto sorbí unos tragos de agua arropado por mis compañeros. Me puse en pie y entendí que aquella no era sino otra prueba, una más en este viaje. Más dispuesto que nunca, tomado por el espíritu de la montaña decidí que esa herida no iba a detenerme, sino que iba a curtir mi espíritu. Dispuesto a vencer todas las adversidades miré al horizonte, inspiré y seguí adelante sin tiempo que perder.

Glacier de Bionnassay II

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Suspension bridge

Alpine landscape

Las vistas se sucedían. Pasamos al pié del glaciar de Bionnassay, cruzamos un puente en suspensión que cruzaba el caudaloso arroyo que venía directamente del hielo derretido, vimos paisajes a vista de pájaro y tras haber descendido hasta los 1.720m volvimos a ascender hasta los 1.801m donde estaba situado el teleférico de Les Houches, punto final de nuestro épico trekking.

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Stream

In the woods

Bulls

Podríamos haber hecho a pie el descenso de 800m pero consideramos que nuestra ruta ya había sido suficientemente heroica y que nos habíamos ganado un descenso en teleférico. Al llegar al hotel nuestras mochilas habían llegado.

Returning bags

Raclette

Y tras un día tan intenso, la única manera de terminarlo era con una cena de Raclette, con queso del lugar, embutidos y todo ello bañado con vino de la casa. Satisfechos y cansados nos dirigimos a nuestro hotel para el merecido reposo y para recuperar fuerzas para el día siguiente, otro día épico en el que ascenderíamos 1.500m y el Mont Blanc haría su primera aparición. No te pierdas el próximo episodio esta misma semana.

Puedes ver alguna foto más en el set de Flickr

Trekking por los Alpes I: Desprenderse de los bienes materiales

Ir de Trekking iba a ser muy exigente con el cuerpo. La altura, el terreno desigual y el frío iban a ser duros. Lo que yo no me esperaba es que serían también una prueba espiritual. Los acontecimientos se precipitaron y casi todo quedó más allá de mi control.

Cierto día, un amigo me dijo que estaba organizando un trekking a los Alpes. El plan era hacer dos etapas del “Tour de Mont Blanc”, una ruta alrededor del pico más alto de Europa, el Mont Blanc. Viendo mi oportunidad para sentir en mis carnes un trekking alpino como los que hacen la gente de la City me apunté sin dudarlo. El viaje iba a empezar el viernes por la noche. Iríamos directamente desde la oficina al City Airport, el aeropuerto favorito delos banqueros de la City, ya que está a sólo 15 minutos. De ahí llegaríamos a Ginebra, donde nos esperaría un transporte que nos llevaría a nuestro hotel en Saint Gervais, en plenos Alpes franceses, donde a la mañana siguiente partiríamos de ruta.

Algo imprescindible al ir de trekking es llevar el equipo adecuado. Me dirigí a una gran tienda especializada en ropa de montaña donde compré todo lo necesario, incluyendo pantalones largos que se convierten en pantalones cortos, jersey térmico de color llamativo, bolsas de agua con ese tubito del que vas sorbiendo y hasta un silbato por si la niebla nos perdía. Puesto que el plan era viajar de hotel en hotel con el equipaje a cuestas también compré una mochila de 50 litros de capacidad.

El día antes de partir puse todo lo que me iba a llevar sobre la cama y lo coloqué ordenadamente en la mochila. Entonces me dí cuenta de la magnitud de la empresa para la que me había comprometido: mi mochila pesaba ocho kilos sin contar comida y algún que otro detalle. ¿Iba a cruzar los Alpes con todo eso sobre mi espalda?

Inmediatamente saqué todos los contenidos de la mochila pesando cada uno de ellos, escogiendo un pantalón de emergencia distinto al descubrir que pesaba 30 gramos menos.  ¿La bolsa de la cámara pesa 300 gr? Se queda en Londres. ¿Ropa para ir al restaurante? Se queda en Londres. No hace falta llevarse el cargador del teléfono móbil. Nada de libros para pasar el rato. De mientras había mandado un mensaje de alarma al grupo. La respuesta de nuestro navegador y jefe de grupo no pudo ser más clara:

No son sólo Yoga y meditación Zen los que te enseñan a desprenderte de los bienes materiales.

Jamás había visto la tarea de escoger el contenido de una mochila desde este punto de vista. El límite no es el espacio del que dispones, sino tus necesidades. Cada elemento material, superfluo, del que no consigues desprenderte es una carga sobre tu espíritu, como el peso de los elementos innecesarios en tu mochila lo es en cada uno de los pasos en el camino hacia tu meta. ¿Qué es realmente imprescindible?

Me aseguré que dejaba en casa todo aquello que no necesitaba, cerré la mochila y me fui a dormir.

Al día siguiente, viernes, terminé mi día de trabajo y me dirigí, mochila al hombro, hacia el City Airport. El check in fue increíblemente rápido. El hall estaba lleno de de gente con ordenadores portátiles conectados al WiFi gratuito. Inexplicablemente nuestra puerta de embarque no aparecía. Aunque las pantallas no lo mostraban, el vuelo iba con retraso ya que el avión no podía aterrizar por causa del mal tiempo.

Finalmente aterrizó y nos fuimos a la puerta de embarque. Mientras esperábamos una mujer anunció por megafonía que debido al mal tiempo el avión debía reducir peso. Ofrecían 250 libras y el coste del hotel a aquellos que quisieran volar al día siguiente. Más tarde anunciaron que si no había más voluntarios deberían dejar maletas en tierra. Al cabo de unos minutos abrieron las puertas de embarque y nos dirigimos al avión.

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Cuando llegamos a la cinta transportadora en el aeropuerto de Ginebra, con eficiencia suiza las maletas ya estaban saliendo. Algunos de nuestros compañeros de viaje vieron su maleta de inmediato. Luego la cinta se detuvo. Una empleada del aeropuerto nos dijo que no valía la pena que esperáramos más. La bodega del avión estaba vacía. No había más maletas.

Dándome cuenta que gritarle a una empleada no iba a servir de nada me fui con otros dos compañeros del grupo a hacer una reclamación a la oficina de equipaje perdido. Salimos del aeropuerto con 50 minutos de retraso. El transporte nos estaba esperando. Llegamos a Saint Gervais cuando eran ya más de las 12 hora local. No pudimos comer nada porque era demasiado tarde. Hicimos una pequeña reunión para hablar del trekking del día siguiente y nos fuimos a nuestras habitaciones.

Sin pijama, sin artículos de aseo y el estómago vacío me fui a dormir. Mientras tanto, mi nueva mochila, llena de todo mi nuevo equipo de trekking, esa mochila cuyo peso había reducido gramo a gramo, dormía en una sala oscura del City Airport de Londres. Parecía una lección demasiado dura sobre cómo desprenderse de los bienes materiales. Este inicio de viaje no podía llevar a nada bueno. Cansado y hambriento acabé entrando en un sueño inquieto.

No te pierdas el siguiente episodio la semana que viene, con fotografías que te quitarán el aliento.

Trekking por los Alpes

Trabajar en Londres es estresante. Son muchas horas y cuando sales del trabajo el típico tiempo inglés te hunde todavía más en tu miseria. Por eso los londinenses necesitan huir de vez en cuando. Algunas formas de las que ya hemos hablado son el City Break, los Retiros Meditacionales, o el Yoga Retreat. En esta nueva série de artículos te voy a contar sobre el trekking. Pero claro, tratándose de la City no puede ser un trekking cualquiera. Debe ser un trekking de alto nivel, Alpino.

El pasado fin de semana aproveché para irme a hacer trekking al más puro estilo londinense. Volando el viernes por la tarde y volviendo el Lunes por la noche me fui en dirección a los Alpes franceses, a los alrededores del mítico Mont Blanc. Mi intención era contarte la experiencia directa de lo que significa ir de trekking al estilo de la City. Pero lo que sucedió durante estos días superó todas mis expectativas convirtiéndolo en un viaje épico en todos los sentidos.

Serán cuatro artículos de sangre, sudor y lágrimas. Cuatro artículos en los que te descubriré que el trekking alpino es mucho más que andar por la montaña. Es una experiencia espiritual donde cuerpo y mente se ponen a prueba de forma extrema. Aquí tienes los títulos de los cuatro episodios, y como primicia, también la semana en que serán publicados (no puedo decir el día exacto ya que a veces la actualidad se interpone, y ya sabes que eso tiene prioridad).

No te pierdas mañana el primero de los episodios en el que te contaré cómo esperaba que el viaje pondría a prueba mi resistencia y determinación, y lo hizo de maneras que jamás hubiera esperado.

Amsterdam: turista a la vieja usanza

En los días previos a mi viaje a Amsterdam estuve tan ocupado que no tuve tiempo de planear nada. Al aterrizar en Amsterdam podría haberme echado sobre el primer café de Internet que se cruzara en mi camino y hacer algo de investigación. Pero ante la oportunidad que la fortuna me ofrecía preferí hacer unas vacaciones a la vieja usanza.

Me dirigí a la oficina de turismo y le dije al chico del mostrador “quiero ver molinos, tulipanes y quesos”. Rápidamente me dio unos folletos de excursiones y me señaló dos: una ruta por el Norte de Holanda y una visita a un parque de tulipanes. Escogí la primera para el día siguiente y dejé los tulipanes para el día posterior.

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Al llegar por la mañana al punto de encuentro la muchedumbre era impresionante. Yo era parte de las hordas de turistas que habían aprovechado Semana Santa para visitar Amsterdam. Me abrí paso como pude, mostré mi billete y me mandaron a un autocar. Cuando  estuvo lleno la guía que nos iba a acompañar se presentó utilizando el micrófono. En ese momento descubrí que  en el autocar había alemanes, franceses, italianos y españoles.

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Nuestro destino era la provincia de Holanda del Norte. La guía nos informó Holanda es sólo una parte del país. El nombre oficial es “Países Bajos”. Llamarlo Holanda es como llamar Inglaterra al Reino Unido. En un giro inesperado de la explicación nos preguntó “¿Saben que aquí el agua es gratis y que la gente paga para que se lleven la que no quiere?” Estábamos anonadados. La explicación es que la mitad del país está bajo el nivel del mar y que una buena parte son marismas desecadas artificialmente, por esa razón el gobierno debe mantener el agua a ralla para evitar inundaciones. Es más, los molinos no sirven para moler grano, sino que se instalaron para bombear agua hacia los famosos canales.

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Tanta información ya empezaba a saturar nuestras pequeñas mentes de turistas así que la guía se tomó un descanso hasta que llegamos a nuestra primera parada: un pequeño pueblo de pescadores llamado Marken donde pudimos ver una típica fábrica de zuecos holandeses. Nos hicieron una demostración y luego nos soltaron en una tienda donde pudimos comprar todo tipo de recuerdos.

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A la salida nos esperaba de nuevo la guía para darnos un paseo por el pueblo. A primera vista, callejear por el pueblo pintoresco con 97 personas tras una guía con un paraguas de color naranja (color muy adecuado) puede no parecer lo más ideal, pero crea una sensación confortable. El hecho que haya tanta gente confirma que lo que estás viendo es lo típico, lo que hay que ver. Además, siguiendo a la guía no hace falta pensar y te puedes dedicar a sacar fotos o a mirarte las puntas de los pies.

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La siguiente parada era un barco para hacer una corta travesía en un lago. El sol inclemente estaba haciendo estragos y algunos de mis compañeros de barco tuvieron que improvisar protección solar. Aparentemente el lago es el más grande de Europa Occidental. Tick in the box.

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Nuestro destino era el pueblo de Volendam. Allí desembarcamos y la guía nos dio una hora libre para comer. Algunos de mis compañeros de excursión se quejaron de que no tuviéramos un lugar para comer preconcertado y que la guía ni siquiera nos recomendara dónde ir, queja comprensible porque si vas con una excursión como esta, lo lógico es que nos lo den todo hecho. Se supone que vamos en un grupo para evitar pensar!

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El pueblecito en cuestión se parecía mucho a cualquier pueblo costero del sur de Inglaterra, tanto por el aspecto de las casas, los coches y la comida. Eso si, pude comer típicos wafle holandeses (Ojo, el de la foto no soy yo).

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Tras la comida nos esperaba la traca final. Nos dirigimos a una fábrica de queso típicamente holandesa. Al entrar nos dieron una demostración de cómo se hace el queso. La chica se disculpó por no llevar el vestido tradicional, ya que iban a cerrar y ya se lo había quitado. Eso no lo entendí. ¿Es que las holandesas no van con el vestido tradicional y los zuecos normalmente?

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Tras hacer buen acopio de quesos en la tienda pudimos ver de cerca unos cuantos molinos. Momento fotográfico, como es lógico, y otra “tick in the box”.

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Tras la tarea bien hecha nos montamos de nuevo en el autocar en dirección a Amsterdam y la guía nos dio una información desconcertante. ¿Por qué son las zanahorias color naranja? La familia real holandesa tiene el color naranja como símbolo. Las zanahorias pueden ser de muchos colores, así que un agricultor, como regalo para el rey creó una variedad de color naranja, y esa es la que ahora se cultiva en todo el mundo. Al escuchar esto una española al final del autobús gritó a una de sus amigas “María, eso yo no me lo creo”, lo que despertó el jolgorio generalizado.

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Ese fue el final de un día encantador en el que pude ver zuecos, canales, wafle, queso, molinos y el lago más grande de Europa Occidental. Seis cosas que ya puedo decir haber visto, que al fin y al cabo, es el objetivo principal del turista: decirle a sus amigos que ha estado ahí.

Guiri en Spain

Este blog está en modo de descanso mientras su autor se toma unas merecidas vacaciones.

Pero eso no significa que abandone mis obligaciones de investigación. Mi destino es Andalucia. Escribo este post sentado en un avión en dirección a Málaga, uniéndome a mis conciudadanos en busca de sol.

Después de tanto tiempo viviendo en Londres ya casi veo las cosas como un inglés, por lo que es un buen momento para visitar el salvaje sur de España.

He reservado mis hoteles con webs en inglés, tengo mi itinerario preparado: Córdoba, Sevilla, Granada y Málaga. Y evidentemente el aeropuerto de entrada es Málaga.

Sol, playa, toros, sangria, flamenco. Como buen guiri, eso es lo que espero encontrar. Y ya tengo mis sandalias y calcetines blancos preparados.

Quizás vaya haciendo actualizaciones en twitter. En cualquier caso, el blog regresa la primera semana de Junio. Hasta entonces.

Nota: si no estás familiarizado con el término “guiri”, es el nombre popular que en España se le da a los extranjeros del norte de Europa. Especialmente ingleses.