Ya me lo habían avisado: “ahí no hay nada que hacer, nada que ver más que piedras”. Eso me confirmó que andaba en el camino correcto.
Malta resultó ser el lugar ideal para mi retiro temporal: una isla en el medio del mar donde todo parecia ir más despacio que en el resto del mundo. Era ideal para apartarme del mundanal ruido y sumirme en mis pensamientos, o mejor dicho, en la absencia de ellos. Sin los permanentes estímulos a los que estamos expuestos en la City podría limpiar mi mente y dedicarme a la contemplación.
Malta parece que se haya parado en el tiempo. Pero no en un año o una época concreta. Es simplemente que no parece que esté sucediendo hoy, como una de esas películas llenas de incongruencias históricas, donde conviven cosas de diferentes épocas.
El ejemplo perfecto es el sistema nervioso de la isla principal: los famosos y pintorescos autobuses malteses.
Modelos que en el Reino Unido, donde la mayoría se fabricaron, no son más que chatarra, circulan aquí a velocidades de espanto, desafiando todas las reglas de la mecánica y el sentido común, pintados en un naranja chillón. Las carreteras sobre las que circulan están tan desgastadas por el tráfico y el calor que en muchos casos son pistas de patinaje.
Los conductores son… como te puedes imaginar en un lugar como este. Hasta hace poco eran los propietarios de sus autobuses, y por eso están decorados de mil y una manera. La sensación de circular bajo un calor sofocante, con todas las ventanas abiertas, incluso las puertas me recuerda a mi infancia. El botón de solicitar parada es una cuerda.
El gobierno, siguiendo indicaciones europeas ha comprado todos los autobuses y los va a ir reemplazando con otros más modernos, cuadrados y feos, sin encanto, sin historia. Pero de momento ver la estación central de autobuses de Valletta todavía te transporta a los años setenta.
Los autobuses son lo único que se mueve rapidamente. El resto de la isla vive con tranquilidad. Con reposo. Cada rincón, cada pared parecen observar. Cada una de ellas parece estar ahí para ser observada.
Quizás sea el sol, la luz, el calor, el mar. Quizás sean los siglos y las muchas culturas que han pasado que le han dado a la gente y también al paisaje esa sensación de que mañana también saldrá el sol, de que nada es tan urgente.
Tras un período de choque por la lentitud y el aparente descontrol de todo rápidamente te acostumbras, y tu mente empieza a reducir la velocidad, a calmarse. Puedes ir a uno de los muchos lugares de reposo donde encuentras a otros seres también en retiro temporal, contemplando la naturaleza, sintiendo como el tiempo casi se detiene.
Tras todas las experiencias conseguí mi objetivo de desacelerar, de desconectar, de cambiar de chip. Pude disfrutar de atardeceres, me mezclé con la gente, en su caminar pausado, perdí mi mirada en la inmensidad del mar azul.
Una gran experiencia que te recomiendo. No necesariamente tiene que ser en Malta: el retiro temporal puede ser en cualquier lugar que te permita romper con las exigencias del día a día.
Espero que hayas disfrutado de estos relatos. Si quieres verlos todos, simplemente ve a Crónica del retiro temporal.




































































































