Visitando Andalucía – Introducción

España está de moda en Londres: el clima, la cultura, la comida, los paisajes. Con el tiempo que llevo en Londres ya hay mucha gente que me ha dicho que me he convertido en inglés. Así que me pregunté ¿cómo verá un inglés Andalucía?

A nadie se le escapa que para una cantidad importante de la población inglesa Andalucía es sol, playa, borrachera y resaca. De hecho muchos se sorprenden al saber que en algunas partes del país no hay playa, que nieva, o que algunos de los lugares se parecen más al típico paisaje inglés que la mismísima inglaterra.

Ignorantes hay en todas partes. Los ingleses no tienen la exclusiva. Pero no estoy aquí para hablar de ellos. Hay una gran parte de la población que tiene curiosidad por descubrir los placeres que el mundo puede ofrecer.

España goza hoy en día en Londres de una gran reputación en cuanto a su cultura e historia. Por eso se está convirtiendo en un destino turístico para londinenses que buscan algo más que playa y borracheras baratas.

Yo ya soy un inglés de pleno derecho después de mis años en Londres y soy capaz de ver mi propio país con los ojos de un extranjero. Así que me puse mi gorra, mi camiseta de colores, pantalones cortos, alpargatas, calcetines blancos y cámara de fotos y me puse en ruta hacia Andalucía.

Mi destino iba a ser Córdoba, Sevilla, Granada y Málaga. Me hubiera gustado visitar Cádiz y Huelva, pero el tiempo no daba para más, así que tuve que dejar esos dos destinos para una fecha en el futuro.

Evidentemente me fui con mis ideas preconcebidas, esas que nos repiten en los medios de comunicación sobre que los españoles se pasan el día durmiendo la siesta, que van bebiendo sangría todo el día o que si están en crisis es porque no tienen disciplina.

¿Qué encontré por tierras andaluzas? ¿Confirmé mis ideas preconcebidas inglesas o me sedujo el cruce de culturas entre el norte y el sur?

No tardarás mucho en comprobarlo. La semana que viene el primer capítulo.

Extranjero por Madrid

Hace unos días, y totalmente de improviso tuve la oportunidad de dar un paseo por Madrid, entre una reunión de trabajo y el avión que me devolvía a Londres. Estos son los puntos de vista de un extranjero en Londres.

Primero de todo, hablar del transporte. En Madrid los taxis no son negros como en Londres, son blancos y tienen una banda roja como la banda de una Miss.

Los autobuses sólo tienen un piso, y son de color azul.

El “underground”, que no pude visitar, tiene un logo romboide y se llama “metro.

Uno de los edificios más conocidos es la llamada “Puerta de Alcalá”, que recibe al viajero. Desgraciadamente, a pesar de ser una puerta, hay que ir alrededor, en vez de pasar a través.

Siguiendo con monumentos en plena calle, también está la Cibeles, diosa romana, o griega (para los que vivimos en UK todos estos dioses son un poco lo mismo). Aquí la puedes ver engalanada de fiesta con banderas por doquier.

Junto a la Cibeles está el Banco de España, que es como el Banco de Inglaterra pero ya no tienen la maquinita de hacer dinero porque ahora está en algún lugar de Europa.

Este edificio tan imponente es donde estaba la maquinita. Ahora parece que siguen haciendo dinero, pero el Banco de España ya no decide cuanto.

Madrid tiene su zona de cines y teatros, algo así como el West End, donde curiosamente hay la mayoría de los musicales que hay en el West End, como el Rey León.

Uno de los pasatiempos preferidos de los madrileños son los atascos.

Aunque lo que realmente les gusta es hacer la siesta. En UK sabemos que los españoles se pasan el día haciendo la siesta. Por eso me sorprendió ver a tanta gente de un lado para otro, como si realmente estuvieran haciendo algo de provecho. Como eso no cuadraba con mis prejuicios, asumí que eran extranjeros.

Lo que si que encontré tal como esperaba fueron sus terrazas en la calle, donde te puedes proteger del sol descansando departiendo con amigos y incluso con extraños (he oído decir que los españoles son capaces de hablar con gente que no conocen algo totalmente anormal para un inglés). Hay que admitir que podría acostumbrarme a esas terrazas, incluso si un tipo intenta conversar conmigo.

El sol es tan intenso que el ayuntamiento ha tenido que poner parasoles al más puro estilo de los zocos del norte de África. Es como ir de viaje sin moverse de la ciudad.

Y ya que hablamos de África, decir que a los madrileños les encanta la arquitectura árabe, a la que dedican uno de sus edificios más emblemáticos y más espectaculares. Como inglés, debo criticar duramente el asesinato a sangre fría de un animal. Y eso es lo que voy a mantener, porque en Inglaterra somos grandes defensores de los derechos de los animales. Pero secretamente te contaré que el drama, la sangre, la música, el rujido de la muchedumbre, Carmen, el torero, todo tiene un atractivo perverso, que evidentemente nunca voy a aceptar en público.

En una visita a Madrid no puede faltar visitar el parque del retiro, que contrario a su nombre, no es sólo para gente jubilada.

Y qué decir de su plaza mayor, la Puerta del Sol, donde los madrileños reciben el año nuevo, y que el resto del año parece estar llena de gente disfrazada de personajes de dibujos animados y otras que compran oro.

En resumen, una ciudad interesante, que bien merece una visita y que desgraciadamente se empeña en echar por tierra los prejuicios británicos. Lástima, con lo divertidos que son los prejuicios.

Vietnam III: Humildad en la escasez

El río que los vietnamitas llaman Mekong es el más importante de Indochina. La belleza de sus paisajes esconde una terrible realidad que da un nuevo enfoque a la palabra Humildad.

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El delta del Mekong es una cita imprescindible para todo aquel que va a Vietnam. Está al sur del país, cerca de Saigón y hay multitud de excursiones para visitarlo.

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Al llegar, la primera impresión es de horizontes interminables, vegetación exótica, especialmente para los que vivimos en los bosques de asfalto. Sin duda alguna este debe ser un lugar con generosos árboles frutales, con inmensas producciones de arroz, con todo tipo de alimentos exóticos: un vergel de producción inacabable

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Nada más lejos de la realidad.

Los increíbles paisajes esconden un gran drama. Las aguas ricas en nutrientes que bajan por el río, al llegar al delta se mezclan con el agua salada del Mar del Este (que otros llaman Mar del Sur de China). La alta salinidad hace que las aguas no sean útiles para el riego. Esta agua no es una fuente de vida y los habitantes son de los más pobres de Vietnam.

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Allá donde se puede ver un poblado las casas son viejas, construidas precariamente con materiales baratos, golpeadas incesantemente por los elementos. Como puedes ver en la foto, apenas tienen los elementos más imprescindibles.

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La única fuente de subsistencia es la pesca, que llevada a cabo de forma casi artesanal produce ingresos que apenas si permiten la subsistencia.

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Aquí tienes a Trang (pronunciado Chang), la mujer que nos llevó en su pequeña embarcación por la parte más retorcida de los canales de nuevo a nuestra barca de turistas.

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Por llevar a turistas por estas aguas que se conoce como la palma de su mano cobra mensualmente el equivalente a 20 euros. El dinero que vale la cámara con la que tomé esta foto alimentaría a su familia durante un año. Y la mía era de las más baratas. Las cámaras y teléfonos y otros aparatos que llevábamos entre todos los turistas podrían alimentar a toda la familia por el resto de sus vidas. Su historia de sufrimiento, tenacidad y humildad nos encogió el corazón. Todos le dimos una pequeña propina. Para nosotros no era un gran esfuerzo, pero para ella significaba comida para unos cuantos días.

En el barco turístico que nos paseó por el delta había unos recién casados. Él un hombre de negocios sur coreano, muy risueño y generoso. Ella una vietnamita local. Llevaban a una traductora, ya que la novia sólo hablaba vietnamita y él todavía no lo había aprendido. Aunque estás cosas están prohibidas, la única explicación para semejante situación es que el hombre de negocios le hubiera entregado una generosa suma a la familia a cambio de casarse con su hija. Para ellos, significaban fondos para subsistir durante muchos años. Para ella, el pasaporte de salida de un lugar sin futuro. Ella parecía nerviosa, dubitativa al hablar o al mostrar emociones, pero se la veía feliz. La felicidad puede tener muy distintas definiciones.

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Esto es lo que pensábamos al despedirnos de estos magníficos paisajes dirigiéndonos de vuelta a nuestra confortable vida, sabiendo que cuando fuéramos a uno de esos restaurantes de platos grandes proporcionales al precio, ya no sería lo mismo.

Aquí puedes ver todos los artículos sobre el viaje: Vietnam, el viaje místico

Irse a la Cochinchina, la actitud ideal para los negocios

Para decir que algo está muy lejos se dice popularmente que está “en la Cochinchina”. Cuando me planteé este viaje quería irme lejos de la rutina diaria, así que la Cochinchina me pareció un buen destino. Es así como acabé en Saigón, la capital económica de Vietnam, la que en un tiempo fue capital de la región colonial francesa de la Cochinchina.

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No voy a entrar en detalles históricos de las guerras con americanos o franceses. Para eso ya están los libros de historia. Sólo diré que Vietnam del Sur ya no existe. El 30 de Abril de 1975 las últimas tropas americanas abandonaron Saigón, entregándola a la guerrilla norvietnamita.

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Lo que me interesa es contar las sensaciones que da Saigón, una ciudad brutal, dividida en barrios numerados como París, con grandes avenidas y tremendos contrastes. Saigón no tiene el encanto de Hanoi, con sus detalles, su barrio de estilo colonial. En las calles apenas se encuentran lugares para posar el objetivo de la cámara. No hay concesiones. Incluso el rio es simplemente un lugar industrial.

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Los restos del gobierno sur vietnamita todavía se pueden ver aquí y allá, como el palacio del Parlamento, un lugar casi fantasmagórico, atrapado en el tiempo.

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Resulta curioso ver la propaganda comunista, que parece mucho más presente que en Hanoi, como para recordar quien es el jefe. De hecho, tras la victoria vietnamita en la guerra y la reunificación la ciudad adoptó el nombre del líder revolucionario, pasando a llamase “Cuidad Ho Chi Minh”. Aunque ese nombre no tiene gran uso popular. El nombre oficial es de hecho Thang Pho Ho Chi Minh, pero es muy largo así que la gente se refiere a ella como HCMC o simplemente Saigón. Esa es la historia que me contaron repetidamente y no tengo razón para creer que no sea cierta.

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La parafernalia comunista contrasta con el devenir diario de la población. Todo el mundo sabe que para hacer negocios hay que ir a Saigón. Se nota por todas partes. Los rascacielos empiezan a aparecer, siempre acompañados de tiendas de lujo, lugares para que aquellos que están amasando fortunas puedan gastarlas alegremente. La ciudad huele a dinero.

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Todo eso es a pesar de no ser la capital, a pesar de tener un régimen socialista, a pesar de la corrupción.

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Saigón describe a la perfección la actitud para los negocios. Bajo la atenta mirada de las banderas comunistas, la gente hace sus negocios, se enriquece trabaja a pesar de que las condiciones no son ni mucho menos las óptimas. Un bofetada en la cara para la vieja Europa atrapada, acomodada en sus privilegios, que sucumbe bajo el peso de sus lastres económicos. En la búsqueda de inspiración en los negocios, Saigón luce contra todas las expectativas.

Aquí puedes ver la introducción al viaje con todos los artículos publicados: Vietnam, el viaje místico.

El siguiente artículo será sobre el Delta del Mekong, y la humildad en la escasez de recursos.

Vietnam I: El milagro de Singapur

De camino a Vietnam decidí detenerme unos días en Singapur, el centro financiero y de negocios del Sur-Este asiático, el lugar al que todos los banqueros de la City han considerado más o menos seriamente mudarse en algún momento. ¿Qué tiene Singapur que todo el mundo habla de ella?

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La primera sensación que da Singapur con su bahía repleta de rascacielos, con todas las entidades financieras que puedas imaginar, con paisaje hecho con tiralíneas, es que es Canary Wharf (la nueva zona de la City de Londres) a lo grande. Singapur es como poner Londres en un lugar con buen tiempo y buena comida, porque además todo el mundo habla inglés.

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Además de las aristas cortantes de la modernidad también hay lugar en Singapur para su legado colonial.

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Singapur nunca fue una gran colonia, más bien un pequeño reducto inglés, y la verdad es que a excepción de un par de edificios y el puente, los amantes de la Historia tienen poco que hacer.

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La ciudad es una mezcla cultural entre expatriados de todo el mundo, chinos que son los que parecen manejar el cotarro, indios que viene a hacer negocios y Malayos que son los vecinos y la principal fuerza laboral. Adentrándonos en el interior de la ciudad encontramos calles con algo menos de diseño y algo más de personalidad.

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Eso si, siempre a la vista de los omnipresentes rascacielos porque, en algún lugar hay que meter a tanta gente que quiere venirse a Singapur.

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Aún en las partes más asiáticas, hay una sensación de orden, de limpieza, de civismo. Nada de lo que cabría esperar en una ciudad asiática. A veces da la sensación de estar andando por alguna población suiza. Y es que en Singapur todo está prohibido. Es una broma recurrente entre los locales el hacer burla de las innumerables prohibiciones: no tirar basura, no cruzar la calle por el lugar equivocado, no dar comida a las palomas, no subirse a las barandillas, no comer durians (una fruta con un olor especialmente intenso).

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En el metro hay incluso normas sobre cómo esperar el tren, para permitir a los viajeros salir primero. No como en Londres que cuando se abren las puertas empieza una melé de rugby, los de dentro para salir, los de fuera para entrar antes que ellos salgan.

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A pesar de eso no hay policía en las calles. La única vez que vi agentes de policía fue en el vestíbulo del metro, tres de ellos charlando como si lo de hacer de policías no fuera con ellos. Me pregunto cómo lo harán para conseguir ese nivel de civismo.

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Otra cosa que es difícil de comprender es cómo puede el Estado pagar tanta infrastructura.  Aquí parece que saben mucho de economía. Pongamos por ejemplo esta lista de precios del autobús. Si vas en autobús con aire acondicionado pagas más. Tiene sentido, ¿no es cierto? Singapur es también el primer lugar donde he visto dos precios distintos para refresco con o sin hielo. ¿Cual es el más caro? El que no lleva hielo. Porque no cobran por demanda (aprovechándose de la necesidad de la gente) sino por el coste del material vendido. Mucho más justo.

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Acertado también es el sistema económico.  El impuesto sobre la renta es extremadamente bajo, así que casi todo lo que ganas te va a tu bolsillo. El gobierno se asegura de que haya un excelente servicio de transporte público y un mercado desarrollado de alquiler. Así que el que quiera comprar piso o coche, que pague por lo que es, un lujo. Ese sistema ventajoso de impuestos atrae negocio y trabajadores, lo que aumenta la recaudación a pesar de los tipos bajos.

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¿Un milagro? La verdad es que tiene truco.

Singapur es una ciudad Estado. Todo lo que recauda se queda en Singapur. No tiene un país entero en el que redistribuir su riqueza. Por eso se puede permitir impuestos bajos. Es un poco de competencia desleal respecto a los otros países como UK en el que Londres tiene que pagar impuestos que acaban en Gales. Además, ni siquiera es un sistema sostenible, ya que teniendo unos recursos y espacio limitado significa que no pueden seguir creciendo infinitamente. Tarde o temprano llegarán al límite de población, tendrán que empezar a subir impuestos y el milagro se desvanecerá. Por eso están construyendo rascacielos de viviendas a ritmo desesperado.

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Y así es como se explica el milagro de Singapur. Bueno, excepto lo del civismo de la gente, que sigue siendo un misterio.

Aquí puedes ver la introducción al viaje con todos los artículos publicados: Vietnam, el viaje místico.

O ves directamente al siguiente artículo: Saigón, irse a la Cochinchina.

 

Vietnam, el viaje místico

Es habitual entre los londinenses irse de Londres por un breve tiempo a fin de huir de la hiperconectividad, del estrés, de las deadlines. El objetivo es re-encontrarse con uno mismo, alejado de las exigencias del día a día. Siguiendo este ejemplo, y tras el éxito del “retiro temporal“, decidí hacer un break para meditar y encontrar nuevas energías.

El destino elegido fue Vietnam. En primer lugar porque siendo parte del lejano Oriente y uno de los lugares donde el budismo es parte de la cultura, podría descubrir en primera persona esa religión que tanta gente en la City admira. La segunda razón era escapar de un mundo desarrollado que parece haber entrado en una crisis permanente y visitar un lugar joven, lleno de vida, de ilusión, donde todo está por hacer.

En vez de sentirme renovado espiritualmente por la meditación, al volver tuve una sensación extraña. A pesar que quise contar mis experiencias aquí, por una razón o por otra la publicación se fue retrasando. Finalmente me di cuenta que mi viaje no había terminado, que debía volver para completar mi meditación. Ahora cuando hace unos días que he vuelto entiendo todos mis aprendizajes, y estoy en condiciones de contarlos.

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Vietnam, el viaje místico” es una historia de descubrimiento espiritual, un volver a lo más básico. Redescubrir los sentimientos originales a través de las ciudades vietnamitas y sus gentes. Esto es lo que cuento en los artículos siguientes. Los ya publicados aparecen enlazados. Los que van a venir con la fecha de publicación.

Amsterdam: el holandés tranquilo

Holanda es uno de los países europeos más prósperos. Yo esperaba encontrarlos a todos trabajando día y noche, corriendo de un lado para otro. Nada más lejos de la realidad.

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Siguiendo con mi falta de planificación me planté en la ciudad sin un triste mapa que me pudiera decir a dónde iba. Compré uno en un kiosco y pagué probablemente más de lo que debía. Pero gracias a él pude ver que mientras andaba sin rumbo había descubierto el barrio de Jordaan, un barrio con aires bohemios que me recordaba muchísimo a Shoreditch en Londres, incluidos restaurantes “cool” y almacenes reconvertidos en viviendas.

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El plano mostraba los canales rodeando la zona central de la ciudad. El agua estaba presente en todas partes, algo que ya esperaba debido a su fama. Lo que no esperaba era la sensación de relajación. Esto es una ciudad del Norte de Europa, pero la gente no parecía estar constantemente ocupada. Al contrario, parecía que no les costaba encontrar una razón para disfrutar de un momento de relajación en solitario, en compañía de un buen libro.

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Y qué decir de los bares en la calle. En cada rincón aparecían un puñado de sillas con sus respectivas mesas y un montón de holandeses charlando, riendo, pasándolo bien y disfrutando del placer de pasar el rato. De hecho ni siquiera hacía falta estar en un bar. Cualquier silla era suficiente.

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Quizás es que el sol inusual había inyectado una dosis de tranquilidad a aquellas gentes, o quizás eran los canales de aguas tranquilas flanqueados por largas filas de árboles verdes. Lo que era indudable es que si tuviera que decir una sola cosa de Amsterdam, destacaría la tranquilidad que se vive en la ciudad.

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Inlcuso en los restaurantes, la sensación de que no había prisa parecía impregnarlo todo. Una de las noches me senté junto a dos señoras españolas. Mientras esperaban el sorbete que habían pedido de postre una de ellas no pudo evitar decir “Pues si que tardan en traer la comida aquí”, a lo que la otra le responde “es que deben estar picando el hielo”. Y para que los españoles creamos que el servicio es demasiado lento…

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Lo que no es lento en absoluto son las bicicletas. Las hay a cientos. Que digo, ¡a miles! En todas partes, de todos los colores y van a velocidades imposibles. Los coches no son una molestia ya que circulan muy lentamente, pero las bicicletas salen de cualquier esquina como si les fuera la vida pasar antes de que puedas cruzar la calle.

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Puesto que estaba dispuesto a hacer todo lo que hace un buen turista también me pasee por el centro, con sus callejuelas angostas. Me pareció curioso el extraño olor que emanaba de algunos locales, un olor que sólo podría describir como embriagador. También fuimos a visitar el famoso barrio rojo, famoso porque tiene un montón de tiendecitas con luces rojas, de ahí su nombre.

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En resumen, una ciudad tranquila, sin prisas, disfrutando de los pequeños momentos. ¿Quizás demasiado tranquila para el ritmo de vida del habitante de la City? Sin duda, un destino perfecto para un “City Break”.

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Trekking por los Alpes (y IV)

El último día de nuestro viaje iba a ser relajado, un premio al titánico esfuerzo de los dos días anteriores. El plan era subir a l’Agulle du Midi, a 3,840 metros de altura, una altura considerable para un servidor, que vive en Londres.

Si no has leído los anteriores episodios, puedes empezar por el primero aquí

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Podríamos haber subido a pie, como en días anteriores, pero hay una diferencia entre valentía y locura, exactamente 2.800 metros de ascensión. Así que nos lo tomamos con calma y subimos en el teleférico como los otros turistas.

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Subir a l’Agulle du Midi significa subir al punto más cercano al Mont Blanc, la montaña más alta de Europa. Y significa estar a 3.840m de altura. Si las vistas los dias anteriores habían sido espectaculares, esta vez nos dejaban sin palabras. Y es que en los Alpes todo es grande. Viniendo de Inglaterra, donde le llaman montaña a una elevación de 300 metros (hasta el rascacielos Shard puede ser considerado una montaña, con sus 310 metros) esto estaba completamente a otro nivel.

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En los Alpes todo es grande. Aquí las montañas son monumentales, los valles profundos, las rocas puntiagudas, peladas, sin vegetación. No es el idílico paisaje de la campiña inglesa.

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Algo me sorprendió al subir en el teleférico: junto a todos los turistas que subíamos cámara en mano (el teleférico en el que subimos estaba lleno de abuelitos cada uno de ellos con su cámara miniaturizada) había gente con cascos, cuerdas, piolets. Tenían el perfecto aspecto del alpinista. Y nunca mejor dicho, porque l’Agulle du Midi es el punto de salida para escalar el Mont Blanc.

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Gracias a las sabias explicaciones de nuestro navegador pude saber que llegan allí para descender hasta el “Mer de Glaç”, una planicie completamente cubierta de nieve en la que acampan durante la noche. De madrugada, cuando todavía no despunta el sol y la nieve está en perfectas condiciones para la escalada se preparan para la salida. En las fotografías que ves encima y debajo de este post puedes apreciar las pequeñas tiendas en el medio de la nada, y las finísimas líneas que delatan los pasos de los escaladores, unas líneas que se pueden seguir con la vista hasta lo alto del Mont Blanc. Una hazaña sólo comparable al Ultra Trail del que te hablaba en la última entrega.

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De nuevo quedamos impresionados con la capacidad de sufrimiento para conseguir las metas, con el minúsculo tamaño que los humanos tenemos en estos grandes escenarios, algo que a menudo olvidamos en la City donde todo son suaves laderas cubiertas de hierba y no hay nada que nos recuerde nuestra insignificancia comparada con el impresionante espectáculo de la Naturaleza.

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Con una nueva lección aprendida volvimos a montarnos en el teleférico para volver a Chamonix y prepararnos para la vuelta a Londres, inspirados por el dolor, el sufrimiento y la superación que habíamos visto y que habíamos vivido en nuestras carnes. Listos para un nuevo reto.

Este es el último episodio de la serie “Trekking por los Alpes“. Puedes ver la introducción aquí

Trekking por los Alpes (III): El sufrimiento es la clave del éxito

Tras la odisea del día anterior, el segundo día de trekking se presentaba plácido: teníamos nuestras mochilas, estábamos curtidos, y las vistas en la ruta iban a ser de las que no se olvidan. Nada podía salir mal.

Si no has leído las dos entregas anteriores y quieres entrar en la historia por orden, ves al artículo introductorio de Trekking por los Alpes.

Nos levantamos pronto para tomar un desayuno ligero y rápido con zumo de naranja, café, té, cereales, tostadas, mantequilla, mermelada, miel, pastelería y huevos revueltos. Algo simple para empezar el día. Preparamos todo el material necesario para el trekking y nos lanzamos al camino. La ruta empezaba al pie del hotel, a las afueras de Chamonix. En ascenso continuo llegaríamos desde la base de esta montaña hasta lo más alto, el teleférico que se avista en la punta superior derecha, un ascenso de 1,200m.

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Chamonix quedaría a nuestros pies, en un valle formado por la montaña a la que íbamos a subir y el mazizo del Mont Blanc, que desde el valle, y sin poder ver la cima, ya se mostraba impresionante.

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Empezamos la subida entre vegetación abundante y árboles frondosos. Cuando las ramas lo permitían veíamos los impresionantes glaciares al otro lado del valle crecer en estatura.

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Poco a poco la vegetación empezó a cambiar y nos dimos cuenta que ya estábamos a una altura considerable. Nuestro paso era constante pero no demasiado rápido: tras los esfuerzos del día anterior y los constantes desniveles habíamos decidido disfrutar del paisaje.

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Nuestro objetivo estaba a la vista, el primer descanso del día en el refugio de montaña de Bel Lachat, tras la cumbre al extremo derecho de la fotografía, donde podríamos reponer fuerzas y disfrutar de las vistas.

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Al llegar las vistas no decepcionaron. Probablemente uno de los paisajes más impresionantes que he visto. Aprovechamos para sacar algunas fotos y descansar. El tramo que quedaba era prácticamente plano y el teleférico cerraba en dos horas y media, tiempo de sobras para llegar. Charlando con la gente en el refugio nos enteramos que de hecho el teleférico cerraba en una hora. Teníamos posibilidades de llegar, pero no muchas (dijeron después de echar un vistazo a nuestra impecable efigie de gente de ciudad disfrazados de montañistas).

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Una vez más nuestro paseo se había convertido en una carrera contra el reloj. Una vez más mirábamos al horizonte con pocas esperanzas y con gran cansancio. Esta es la grandeza del montañismo, es la grandeza del espíritu ganador. El sufrimiento es parte de la victoria, y no hay victoria sin sufrimiento. Nuestros cuerpos empezaban a acusar el cansancio que en algunos momentos era dolor. Pero no nos íbamos a dar por vencidos. No llegar al teleférico simplemente no era una opción. Cargamos la mochila a la espalda, bebimos un último trago de nuestro tubito conectado a la bolsa de agua en la mochila y salimos adelante, la mirada fija adelante, el paso obstinado y firme.

El camino que se suponía plano y sin problemas resultó ser pedregoso, sin apenas lugares planos donde pisar, y con constantes altibajos. Tras pasar sobre una pequeña cumbre y una bajada bastante pronunciada vimos a lo lejos la cima sobre la que se agarraba el teleférico, en el medio de un paisaje despojado de toda vegetación a expcepción de pequeños brotes de hierba. Y la distancia pareció insuperable.

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A estas alturas del camino el dolor no era más que un recuerdo, una memoria del refugio que ahora parecía perderse en un tiempo borroso. Alentados por la inquietante belleza del paisaje rocoso, desolado, pensando en el siguiente paso de un camino que se hacía cada vez más difícil, la palabra fracaso no era parte de nuestro vocabulario, especialmente porque no teníamos ninguna intención de bajar a pié.

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Finalmente lo logramos, llegamos al punto más elevado de nuestro camino, a 2,200m de altura, en un privilegiado balcón sobre Chamonix y tan cerca del Mont Blanc que creíamos poder tocarlo.

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Pero al llegar a la base, cansados, doloridos, vimos la llegada en Chamonix del Ultra-Trail de Mont Blanc, una locura de carrera alpina de 166km y más de 9,500m de desnivel que el ganador hizo en el estúpido tiempo de 20 horas. Otros superaron las 40 horas sin descanso cruzando cumbres de más de 2,500m. La carrera empezó el Viernes por la tarde bajo un intenso aguacero que siguió toda la noche. Esa fue la noche que llegamos y los vimos correr mientra nos preocupábamos por nuestras mochilas. Cuando llegamos a Chamonix tras dos noches de hotel, desayuno y cena muchos de ellos llegaban también, tras haber sufrido lluvia, sol de justicia, temperaturas bajo cero, barro, rocas, comida en forma de barritas energéticas y otras inclemencias. Ellos daban un nuevo sentido a la palabra “sufrimiento”.

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Ultra Trail II

Ultra Trail III

Aquí acabaron nuestros dos días de trekking. El día siguiente iba a ser de merecido descanso. Léelo aquí.

 

Trekking por los Alpes II: Let’s do this!

Sonó el despertador. El viaje estaba siendo muchísimo más duro de lo que yo habia imaginado, y ni siquiera había puesto un pié en el camino. En aquellos momentos yo no sabía que lo que sucedería durante el día llevaría mi resistencia y mi capacidad de asombro a límites insospechados.

Si no lo has hecho ya, lee el primer episodio del relato antes de seguir adelante.

Me levanté a duras penas para ir a ducharme. No tenía ni siquiera ropa limpia para ponerme. Entré en el cuarto de baño soñoliento y malhumorado, pensando qué era lo siguiente que iba a ocurrir en este viaje. Habíamos llegado tarde, de noche, con lluvia, sin equipaje (que por obra y gracia de la aerolínea se había quedado en Londres), y no sabía ni dónde estaba el hotel en el que había dormido. Por curiosidad abrí la ventana del baño y lo que vi me dejó sin aliento.

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Como si un arrebato de determinación me la hubiese arrancado de dentro me vino a la mente la expresión “Let’s do this”. Significa “hagámoslo” o “a por ello”, y es una expresión típica de la City, de su carácter ganador, de la gente que se crece ante las adversidades. Bajar al restaurante y tomar un desayuno con pan de verdad, crujiente, mermeladas caseras, leche alpina confirmó que la suerte estaba de mi lado.

Terminamos el desayuno y nos dirigimos a la única tienda del pueblo que vendía material de montaña. Compramos lo mínimo necesario ya que en principio las mochilas deberían estar esperándonos al final del trayecto y nos dirigimos al punto de partida en Les Contamines, a 1.200m de altura. El trayecto iba a ser de unos 14 kilómetros y en su punto más alto llegaríamos a los 2.120m. Antes de empezar encontramos un grupo de Sur Africanos. Nos preguntaron qué ruta íbamos a hacer. Al saberlo se llevaron las manos a la cabeza. Nos dijeron que ellos lo habían hecho en el sentido contrario y que tuvieron que parar en un refugio a medio camino porque no la podían hacer en un día. Decían que era mucho más dura de lo que decía la guia, y nosotros acumulábamos ya dos horas de retraso por culpa de las compras.

Consideramos optar por una ruta más fácil, sin tantos desniveles, pero la expresión que ya parecía ser parte del viaje volvió a aparecer: “Let’s do it”. Sin pensarlo miramos hacia el camino y nos lanzamos al trekking. Íbamos a hacerlo pasara lo que pasara.

The road

Las primeras horas de ruta pasaron sin novedad, entre vegetación alpina y unas vistas que a medida que subíamos se hacían más impresionantes. El ánimo era bueno y las piernas respondían bien a pesar de la pronunciada cuesta y los abundantes obstáculos.

Above the trees

Mont Geroux

Llegamos al primer objetivo del camino, “les Chalets de Truc” a 1.740m de altura. Con cierto aire de victoria observamos el paisaje y a lo lejos vimos el “Col de Tricot”, el punto más alto del día. Ante nosotros teníamos un descenso de 170m y un ascenso de 550m casi vertical.

Col de Tricot I

Col de Tricot II

Chalets de Miage I

Llegar a lo más profundo del valle hizo parecer la tarea todavía mucho más difícil. Pero allá nos lanzamos sin desfallecer, inspirando el limpio aire alpino y con la mirada fijada en el objetivo.

Col de Tricot III

Col de Tricot V

¿He dicho la mirada fija en el objetivo? Bueno, también había tiempo para admirar el paisaje.

Le Bederette I

In the clouds

Milk!

Llegar a los 2.120m nos dejó impresionados con las vistas. Habíamos llegado al reino de las aves, y decidimos parar para comer.

Chalets de Miage II

Where only birds dare

Al reinicio, desastre. Bajando por una vertiente rocosa puse el pié en una superficie resbaladiza y caí hacia atrás. Instintivamente puse las manos en el suelo para evitar el impacto donde la espalda pierde su casto nombre con el resultado de una escalofriante herida en mi mano derecha. Aquí puedes ver la impactante fotografía.

Escalofriante herida

Pensé que para mi el viaje había terminado, que debería ser recogido en helicóptero y llevado con urgencia al hospital más próximo para ser tratado. Pero nuestro navegante, experto montañés, sacó rapidamente un botiquín de primeros auxilios, con temple de acero limpió la herida y aplicó una tirita. Todavía sobrecogido por el impacto sorbí unos tragos de agua arropado por mis compañeros. Me puse en pie y entendí que aquella no era sino otra prueba, una más en este viaje. Más dispuesto que nunca, tomado por el espíritu de la montaña decidí que esa herida no iba a detenerme, sino que iba a curtir mi espíritu. Dispuesto a vencer todas las adversidades miré al horizonte, inspiré y seguí adelante sin tiempo que perder.

Glacier de Bionnassay II

Isolated

Suspension bridge

Alpine landscape

Las vistas se sucedían. Pasamos al pié del glaciar de Bionnassay, cruzamos un puente en suspensión que cruzaba el caudaloso arroyo que venía directamente del hielo derretido, vimos paisajes a vista de pájaro y tras haber descendido hasta los 1.720m volvimos a ascender hasta los 1.801m donde estaba situado el teleférico de Les Houches, punto final de nuestro épico trekking.

Big

Stream

In the woods

Bulls

Podríamos haber hecho a pie el descenso de 800m pero consideramos que nuestra ruta ya había sido suficientemente heroica y que nos habíamos ganado un descenso en teleférico. Al llegar al hotel nuestras mochilas habían llegado.

Returning bags

Raclette

Y tras un día tan intenso, la única manera de terminarlo era con una cena de Raclette, con queso del lugar, embutidos y todo ello bañado con vino de la casa. Satisfechos y cansados nos dirigimos a nuestro hotel para el merecido reposo y para recuperar fuerzas para el día siguiente, otro día épico en el que ascenderíamos 1.500m y el Mont Blanc haría su primera aparición. No te pierdas el próximo episodio esta misma semana.

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