Sonó el despertador. El viaje estaba siendo muchísimo más duro de lo que yo habia imaginado, y ni siquiera había puesto un pié en el camino. En aquellos momentos yo no sabía que lo que sucedería durante el día llevaría mi resistencia y mi capacidad de asombro a límites insospechados.
Si no lo has hecho ya, lee el primer episodio del relato antes de seguir adelante.
Me levanté a duras penas para ir a ducharme. No tenía ni siquiera ropa limpia para ponerme. Entré en el cuarto de baño soñoliento y malhumorado, pensando qué era lo siguiente que iba a ocurrir en este viaje. Habíamos llegado tarde, de noche, con lluvia, sin equipaje (que por obra y gracia de la aerolínea se había quedado en Londres), y no sabía ni dónde estaba el hotel en el que había dormido. Por curiosidad abrí la ventana del baño y lo que vi me dejó sin aliento.
Como si un arrebato de determinación me la hubiese arrancado de dentro me vino a la mente la expresión “Let’s do this”. Significa “hagámoslo” o “a por ello”, y es una expresión típica de la City, de su carácter ganador, de la gente que se crece ante las adversidades. Bajar al restaurante y tomar un desayuno con pan de verdad, crujiente, mermeladas caseras, leche alpina confirmó que la suerte estaba de mi lado.
Terminamos el desayuno y nos dirigimos a la única tienda del pueblo que vendía material de montaña. Compramos lo mínimo necesario ya que en principio las mochilas deberían estar esperándonos al final del trayecto y nos dirigimos al punto de partida en Les Contamines, a 1.200m de altura. El trayecto iba a ser de unos 14 kilómetros y en su punto más alto llegaríamos a los 2.120m. Antes de empezar encontramos un grupo de Sur Africanos. Nos preguntaron qué ruta íbamos a hacer. Al saberlo se llevaron las manos a la cabeza. Nos dijeron que ellos lo habían hecho en el sentido contrario y que tuvieron que parar en un refugio a medio camino porque no la podían hacer en un día. Decían que era mucho más dura de lo que decía la guia, y nosotros acumulábamos ya dos horas de retraso por culpa de las compras.
Consideramos optar por una ruta más fácil, sin tantos desniveles, pero la expresión que ya parecía ser parte del viaje volvió a aparecer: “Let’s do it”. Sin pensarlo miramos hacia el camino y nos lanzamos al trekking. Íbamos a hacerlo pasara lo que pasara.
Las primeras horas de ruta pasaron sin novedad, entre vegetación alpina y unas vistas que a medida que subíamos se hacían más impresionantes. El ánimo era bueno y las piernas respondían bien a pesar de la pronunciada cuesta y los abundantes obstáculos.
Llegamos al primer objetivo del camino, “les Chalets de Truc” a 1.740m de altura. Con cierto aire de victoria observamos el paisaje y a lo lejos vimos el “Col de Tricot”, el punto más alto del día. Ante nosotros teníamos un descenso de 170m y un ascenso de 550m casi vertical.
Llegar a lo más profundo del valle hizo parecer la tarea todavía mucho más difícil. Pero allá nos lanzamos sin desfallecer, inspirando el limpio aire alpino y con la mirada fijada en el objetivo.
¿He dicho la mirada fija en el objetivo? Bueno, también había tiempo para admirar el paisaje.
Llegar a los 2.120m nos dejó impresionados con las vistas. Habíamos llegado al reino de las aves, y decidimos parar para comer.
Al reinicio, desastre. Bajando por una vertiente rocosa puse el pié en una superficie resbaladiza y caí hacia atrás. Instintivamente puse las manos en el suelo para evitar el impacto donde la espalda pierde su casto nombre con el resultado de una escalofriante herida en mi mano derecha. Aquí puedes ver la impactante fotografía.
Pensé que para mi el viaje había terminado, que debería ser recogido en helicóptero y llevado con urgencia al hospital más próximo para ser tratado. Pero nuestro navegante, experto montañés, sacó rapidamente un botiquín de primeros auxilios, con temple de acero limpió la herida y aplicó una tirita. Todavía sobrecogido por el impacto sorbí unos tragos de agua arropado por mis compañeros. Me puse en pie y entendí que aquella no era sino otra prueba, una más en este viaje. Más dispuesto que nunca, tomado por el espíritu de la montaña decidí que esa herida no iba a detenerme, sino que iba a curtir mi espíritu. Dispuesto a vencer todas las adversidades miré al horizonte, inspiré y seguí adelante sin tiempo que perder.
Las vistas se sucedían. Pasamos al pié del glaciar de Bionnassay, cruzamos un puente en suspensión que cruzaba el caudaloso arroyo que venía directamente del hielo derretido, vimos paisajes a vista de pájaro y tras haber descendido hasta los 1.720m volvimos a ascender hasta los 1.801m donde estaba situado el teleférico de Les Houches, punto final de nuestro épico trekking.
Podríamos haber hecho a pie el descenso de 800m pero consideramos que nuestra ruta ya había sido suficientemente heroica y que nos habíamos ganado un descenso en teleférico. Al llegar al hotel nuestras mochilas habían llegado.
Y tras un día tan intenso, la única manera de terminarlo era con una cena de Raclette, con queso del lugar, embutidos y todo ello bañado con vino de la casa. Satisfechos y cansados nos dirigimos a nuestro hotel para el merecido reposo y para recuperar fuerzas para el día siguiente, otro día épico en el que ascenderíamos 1.500m y el Mont Blanc haría su primera aparición. No te pierdas el próximo episodio esta misma semana.
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