Córdoba contemporánea, visitando Andalucía (II)

Con una maravilla como la Mezquita, sería comprensible creer que vista la Mezquita, vista Córdoba. Nada más allá de la realidad.

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Desde mi punto de vista inglés las calles cordobesas con sus paredes blancas, ventanas de hierro forjado, y las flores colgando por todas partes es exactamente como lo había visto en esos documentales de la BBC.

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Pero lo que es difícil de imaginar viendo la TV es el calor, esa sensación que el sudor va a empezar a hervir sobre la piel. Ni siquiera el gorro y las sandalias con calcetines blancos ayudan a apaciguarlo. Recordemos que en Inglaterra 20 grados es verano, y 25 una ola de calor.

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¿Quien en su sano juicio puede hacer algo con este infierno cayendo sobre sus espaldas. Aunque yo quería seguir descubriendo la ciudad, pasear a mediodía era simplmente estúpido. Lo único que me apetecía era echarme a la sombra y descansar un rato. Y la sabiduría andaluza me sirvió en bandeja no una, sino dos soluciones: la siesta y los patios.

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Los ingleses ya conocen la siesta. Se trata de ese tiempo en pleno día en que los españoles deciden dejar de trabajar y se echan a dormir. Es el símbolo fundamental de la holgazanería española. Pero estando aquí, echarse una siesta es algo que no requiere explicación. Cuando el sol pega se descansa, y más tarde cuando cae el sol se reanudan las tareas. Por eso cuando en Inglaterra la gente sale de trabajar y se va al pub o a casa, a eso de las seis de la tarde, las calles cordobesas están en plena ebullición, con gente de un lado para otro.

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Y el mejor lugar para echarse una siesta en un patio. Porque los cordobeses no tienen un jardín con hierba en la parte de atrás de la casa. Ellos tienen un patio en el centro de la casa, protegido del sol, del ruido de la calle, con aire corriente. No hay lugar mejor en un día de calor.

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Horas de pasear cansan. Se acercaba el momento de mi primer contacto con la gastronomía cordobesa.

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La oferta era abundante. Habiendo descubierto ya las delicias de los patios cordobeses escogí un restaurante con patio. Me habían dicho que los españoles comen tarde, así que para adaptarme a las costumbres locales reservé mesa para mucho más tarde de lo que lo haría en Londres. Me arrepentí de mi elección ya que el restaurante estaba vacío, cosa que nunca es buena señal. A las ocho de la noche debería estar ya completamente lleno.

Le pedí al camarero que me sugiriera alguno de los platos autóctonos. Aparentemente no podía visitar Córdoba sin probar el Salmorejo. El producto en cuestión tenía un color sospechoso, pero decidí mantener una mente abierta. Y tal como lo probé me convertí de inmediato en un fan del salmorejo. Y luego un poco de embutido, algo de pescado fresco, y todo con buen vino. Qué lejos parecía estar Londres…

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Tuve la fortuna de estar en Córdoba durante lo que ellos llaman la Feria. Es como un enorme “Beer Garden” con gente vestida con ropa tradicional, canciones, bailes y mucha comida.

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Me di una vuelta y sin duda mi condición de extranjero era evidente para todos los que me veían. Supongo que la cara de no entender nada no ayudaba.

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Pero entre la comida, la música, la siesta, los patios, las flores, Andalucía iba entrando poco a poco, como un vino fresco, de los que vas tomando sin darte cuenta.

Aquí está la lista entera de los artículos del viaje:

Un pensamiento en “Córdoba contemporánea, visitando Andalucía (II)

  1. Muy buena la reseña. Yo dentro de un mes me voy pallá, con toa la caló, aunque nada que un buen gazpacho bien fresquito no pueda resolver

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