Hay quien se queja de que los deportistas ganan demasiado dinero. Pero hay razones fundamentales que justifican los sueldos, que en muchos casos millonarios.
Por un lado tenemos las razones económicas. El deporte, al igual que todo, es un negocio, y si un empleador le paga a su empleado una cantidad de dinero es porque le sale a cuenta, es decir, que el empleado produce ese dinero y más (claro, siempre se puede argumentar que hay equipos con pérdidas, pero esos son la excepción).
Además de eso, los jugadores de mayor nivel, como es el caso del golfista Tiger Woods, obtienen inmensas cantidades de dinero gracias a contratos de publicidad. Una vez más, los que pagan deben responder ante sus accionistas, con lo que si invierten ese dinero en deporte, es porque les produce un beneficio superior al coste.
Otro tipo de razones en las que estoy más interesado son las compensatorias, y no me refiero a lo que vale su trabajo.
Todo el mundo recomienda que los niños practiquen deportes. Muchos destacan, pero la mayoría no pasan de ser promesas. Llegar y mantenerse al nivel que les permiten ganar esas inaceptables sumas de dinero requieren grandes dosis de esfuerzo y dedicación, renunciar a muchas cosas que los demás consideramos imprescindibles. Un día llegan a ser estrellas. El público los admira y se identifica con ellos. Las marcas quieren asociarse con ese éxito, y les pagan grandes contratos publicitarios. La grandeza de esos deportistas va más allá del deporte. Asociamos con ellos las virtudes que nosotros no somos capaces de cumplir. Su aura sobrehumana crece, y con ella sus contratos publicitarios.
Un día descubrimos un desliz, una muestra de que a pesar de su grandeza deportiva, ellos son también humanos, con sus debilidades y sus miserias, y nos horrorizamos ante el pensamiento de que no son perfectos. Como con Tiger Woods, quien al parecer tenía un elenco de amantes, o como John Terry, capitán del Chelsea FC y de la selección inglesa de fútbol, quien se puso demasiado cariñoso con la ex-novia de un compañero de equipo.
De repente, sus talentos deportivos son secundarios, comparados con el horror de la traición. La traición de la admiración que procesamos por ellos. Ya dicen que la linea que separa el Amor del Odio es muy fina. Y también dicen aquello de “más dura será la caida”. Los periódicos cuentan regalan todo lujo de detalles que nosotros devoramos con morbosa felicidad. Los aficionados les giran la espalda, los equipos no quieren vincular su marca con ellos. Las marcas que les pagaban los contratos publicitarios no quieren manchar su imagen con la mala reputación de ese indeseable. El deportista pierde todos sus contratos, su vida profesional, para la que había hecho tantos esfuerzos se ve truncada antes de tiempo, y allá donde vaya, para siempre, le acompañará el estigma de su vergüenza, y nosotros, los que los elevamos al Olimpo de los Dioses, disfrutaremos de su ocaso.
No crees que hay que pagarles por tanta diversión como nos ofrecen?

Mientras sean empresas privadas las que financien esos sueldos astronómicos, por mí pueden cobrar el equivalente a la unión de todas las grandes fortunas de Manhattan.
Mejor para ellos y envidia pura y dura la que siento yo.