Los viajes en avión son fuente de innumerables anécdotas y aprendizaje sobre la vida. Mi viaje relámpago de fin de semana no ha sido una excepción. Será por los documentales de la BBC, pero esta vez he tenido la fuerte sensación de que el reino animal al completo me acompañaba en mi travesía por los aires. Estos son algunos de los especímenes con quien compartí viaje.
El Loro. El loro es un animal que tiende a hablar sin control ni conocimiento. Circulando por uno de los inacabables pasillos del aeropuerto de Gatwick hacia la puerta de embarque me encuentro a tres personas delante. Evidentemente iban ocupando todo el ancho del pasillo. Al llegar a su altura simplemente me quedé tras ellos. Una mujer se giró y al ver mi famoso aspecto de extranjero me dijo “sorry”, y me dejó pasar. Cuando estaba a no más de tres metros de ella, y dando por sentado que yo no entendía en castellano nada más allá de “una cerveza por favor” la mujer comenta en castellano “Si me dice algo yo me aparto, que el que tiene boca…”. Pues eso señora, “que el que tiene boca…”.
Los borregos. Como ya sabrás, en Easyjet, la aerolínea con la que tenia el placer de volar, emite grupos de embarque. Primero van los preferentes, luego va el grupo A. Tras llamar al grupo A una voz por megafonía rogó que “los últimos pasajeros se acercaran a la puerta de embarque”. Alguien interpretó eso como “que los restantes pasajeros pasen a embarcar, y se levantó de su asiento presa del pánico a quedarse en tierra. Automáticamente todo el mundo se levantó y se puso en la fila (o lo que ellos consideraban una fila). Yo, con mi grupo C entré casi el último.
El Pavo Real. Mientras una azafata muy mona de aire de Europa del Este hacía las obligadas demostraciones de seguridad, el caballero que estaba delante de mi prefirió seguir instruyendo a la muchacha que tuvo la suerte de viajar junto a él. Cuando la azafata terminó hizo la comprobación de los cinturones de seguridad. Al llegar al caballero le pidió que mostrara que tenía el cinturón abrochado. Viendo que no interrumpía su monólogo la señorita insistió hasta que captó su atención. Acto seguido le dijo “El vuelo dura dos horas, la demostración sólo dos minutos. Es de muy mala educación estar hablando durante la demostración, y además, es por su seguridad”. El caballero no perdió un segundo para empezar a mofarse de la azafata con exclamaciones del tipo “si por lo menos nos estuviera enseñando cómo utilizar un paracaídas”. Tras dicho comentario aprovechó para desplegar sus hermosas plumas contándole a su compañera sobre su viaje a Australia en el cual sus amigos se tiraron en paracaídas. También dijo que él no se había atrevido pero que era lo que más le apetecía hacer en el futuro, para poder ver desde arriba la Gran Barrera de Coral, dejando a la muchacha anonadada ante el despliegue de conocimientos y experiencia de su engominado amigo.
Las Hienas. Ocupando unas cuatro hileras de asientos había un grupo de ingleses de entre 25 y 35 años, yo calculo que sobrios por última vez por las siguientes 72 horas que parecían incapaces de dejar de reír. Sorprendido por su capacidad humorística decidí afinar mi oído para entender las bromas, y aunque conseguí entender la conversación, no vi ninguna razón para semejante ristra de risas. La mayoría de ellos, de hecho, se reían de sus propios comentarios, terminando todos y cada uno de ellos con una risotada aguda que a menudo era la única. El hecho de que hubiera más de una risa a la vez era en su mayor parte porque todos hablaban a la vez.

Muy buen artículo. Aunque el último ejemplo me desconcierta. Muchas veces con mis amigos hablamos de temas nada graciosos y nos partimos el pecho, ya que nuestro humor reside entre lineas, evocando momentos que ya conocemos y un argot localista a nivel de no más de cinco personas. Por cierto nos nos han dicho que nos riamos como hienas, aunque sí como caballos. Jimmy, dí algo.